martes, 31 de enero de 2012
martes, 10 de enero de 2012
Sonríe, coño!
Con lo fácil que es sonreír y hay gente que parece que se siente mejor lloriqueando por las esquinas...Así que hoy me he levantado con ganas de reivindicar sonrisas...!!! Porque cuando uno está mal y se lo cuenta a otra persona es para que le sonrían, no para que le cuenten de fulanitos y menganitos que pasaron por lo mismo....Porque si uno está agobiado y ve que no puede más, no quiere al lado a nadie que le cuente lo agobiado que está, quiere a alguien que trate de ayudarle o trate de hacerle ver fácil lo que él cree complicado...!!! No entiendo eso, lo digo de verdad....Se muere alguien cercano a ti y vienen diez mil a contarte que a ellos o los amigos de sus amigos les pasó lo mismo...entiendo que haya temas de tanatorio, jaja, siempre me han hecho mucha gracia esos sitios, aunque es cierto que los odio...Quizás sea que yo la muerte la haya visto y vivido de otra manera, ni mejor ni peor, pero si diferente a muchísima gente que ha pasado por mi casa a contar cada drama, tan fuera de lugar como innecesario...Es que parece que cuando te pasa algo, automáticamente, te conviertes en consejero de ello. Y no lo veo así, una cosa es contar cómo te sientes y otra es dar lecciones de como se tiene que sentir la gente. Puede que yo misma me haya visto 'obligada' a dar 'lecciones' de ello o a hablar quizás cosas que no se ajustan a una mayoría...puede que, a veces, lo haya hecho con gente que si que verdaderamente quería saber qué se siente...puede que otras veces lo haya hecho con gente que creía que yo iba a entender según que cosas que no creo que nadie llegue a entender nunca...El caso, cuando uno está verdaderamente jodido no necesita a nadie que venga a recordarle lo jodido que está tan sólo con mirarle...Así que quien me quiera que me sonría, pero que jamás me compadezca, eso nunca. La verdad es que, normalmente, no me cuesta contar lo que me pasa, todo lo contrario. Es natural que la vida te ponga obstáculos y es normal que haya veces en las que uno se venga abajo, yo misma más veces de las que me gustaría. Soy toda una inconformista, puede ser. Siempre he odiado a la gente que aprovecha situaciones complicadas para intentar arreglar las cosas o para intentar acercarse....Pero ahora, con los años (jaja), me he dado cuenta de que si verdaderamente le importas a alguien, da igual cuán lejos estuviera, lo importante es que quiera estar, pero siempre sonriendo, no por pena ni nada parecido...
Me está sentando fatal la edad...en 5 días mi cumple....y estoy entrando un estado de bipolaridad total....!!!
Me está sentando fatal la edad...en 5 días mi cumple....y estoy entrando un estado de bipolaridad total....!!!
lunes, 12 de diciembre de 2011
viernes, 11 de noviembre de 2011
El último ojal
Es de Arturo Pérez-Reverte...es tan bonito que quiero que todo el mundo lo lea :), lo mejor es el final...qué grandísimo!
Fue el otro día, en Gijón. Era domingo y hacía sol, y la playa, y el paseo marítimo, estaban a tope de gente remojándose en el agua o apoyada en la barandilla de arriba, mirando el mar. Todo apetecible y muy de color local, gente de allí en plan familiar sin apenas guiris. Era agradable estar de codos en la balaustrada, observando la playa y las velas de dos barquitos que cruzaban lentamente la ensenada. Había una cría dormida sobre una toalla junto a la orilla, y chiquillos que alborotaban entre los bañistas, y jovencitas en púdicos bikinis y mamás y abuelas en bañador respetable que charlaban mojándose los pies. Y un niño rubito y tenaz, un tipo duro que había hecho un castillo de arena y estaba sentado dentro, reconstruyendo impasible la muralla cada vez que el agua la lamía, desmoronándola. Lo que, por cierto, no es mal entrenamiento de vida cuando apenas se han cumplido siete años.
La pareja no me habría llamado la atención, había doce semejantes, de no ser porque vi el gesto de la mujer. Eran dos abueletes que habían estado un rato a remojo. Llevaba ella un vestido de esos veraniegos para señora mayor, estampado, con botones por delante, y una cinta en el pelo que recogía el cabello gris. Era regordeta y menuda. Él estaba en bañador, calzón de playa de color discreto, y se abotonaba despacio, con dedos torpes, los botones de la camisa gris de manga corta. Tenía las piernas flacas y pálidas, de jubilado al que le queda verano y medio, y la brisa le desordenaba el pelo blanco alrededor de la frente salpicada, como sus manos, con las motas que la vejez imprime en la piel de los ancianos. Los dedos del hombre no acertaban con el último ojal, y vi que la mujer le apartaba delicadamente la mano y se lo abotonaba ella, y luego con un gesto lento y tierno, le pasaba la mano por la cabeza, como si quisiera arreglarle también un poco del pelo, peinárselo con los dedos y dejarlo un poco más guapo y presentable.
Me quedé mirándolos hasta que se alejaron camino de las escaleras, y aún vi que él se apoyaba en el hombro de ella para subir los peldaños. Y me dije: ahí los tienes, Arturín, toda la vida juntos, cincuenta años viéndose el careto cada día, y los hijos, y los nietos, y cállate, y lo que yo te digo, y el fútbol y aquella época en que él volvía tarde a casa, y el mal genio, y el verlo tanto en sus momentos de hombre que se viste por los pies como en los momentos de miseria; y en vez de despreciarlo de tanto asomársele dentro, de no aguantarlo por gruñón o por egoísta, ella aún tiene la ternura suficiente para ponerle bien el pelo después de abrocharle ese último botón en el ojal. Y a lo mejor él ha sido un tío estupendo o un canalla, y eso no tiene nada que ver, y resulta compatible con el hecho de que ella, que parió sola, que se calló por no preocuparlo cuando se sintió aquel bulto en el pecho, que se ha estado levantando temprano todo la vida para tener paz en una cocina silenciosa, le siga profesando una devoción que nada tiene que ver con lo que llamamos amor; o a lo mejor resulta que el amor es eso y no lo otro, ese ejercicio de lealtad que puede consistir en repeinarlo con la mano y decirle ponte guapo, Manolo. En que ella, que siempre fue al médico sola hasta cuando pensó que se iba a morir, entre en la consulta con él y le diga siéntate aquí, anda, estate quieto, que ahora viene el doctor. En cerrarle con disimulo la bragueta cuando él sale a pasitos cortos del servicio. En dedicarle una vida que el no siempre supo merecer.
Y ahora él depende de ella, y es ella la que lo sostienen como en realidad lo ha sostenido siempre, y un día Manolo, o como se llame, dirá adiós muy buenas; y ella, que renunció a tantos pequeños sueños, que se impuso a sí misma un extraño deber unilateral, que no vivió nunca una vida propia que no fuera a través de él, se quedará de golpe quieta y vacía, perdida su razón de ser, con hijos y nietos que de pronto se antojan lejanos, extraños. Añorando la cadena que la ató recién cumplidos los veinte, cuando casarse, poner una casa, tener una familia, era un sueño maravilloso como el de las poesías y las películas. A lo mejor, antes de hacer mutis, él tiene tiempo decencia y lucidez para darse cuenta de lo que ella fue en su vida. Y entonces echará una lagrimita y le dirá eso de que lamenta haberla tenido como una esclava, etcétera. Y ella, una vez más, se callará y le pondrá bien el pelo, para que agonice guapo, en vez de decirle: a buenas horas te das cuenta, hijo de la gran puta.
lunes, 7 de noviembre de 2011
Heridas
Me asomo desde la ventana y te veo. Ahí estás, con esa sonrisa tan profunda y esa necesidad de decirle al mundo que sigues aquí, aunque ya nadie puede verte. Me asomo a esos recuerdos y aún te siento, como si recordar se hubiera convertido en un recurso para hacer la vida más agradable, más llevadera. Hay personas, como tú, que hacen que la vida merezca la pena sólo si uno se cruza con ellas. Personas que saben decir y actuar acorde con lo que predican. Personas con las que hablar podría elevarse a la categoría de 'placer'. Personas de las que uno puede aprender cualquier cosa, porque parece que cada paso, cada palabra, es un claro ejemplo del buen hacer....Me asomo a la ventana y te vuelvo a ver, siempre con algo que decir, siempre con algo que contar. Siempre tenías algo que enseñar y, lo mejor de todo, siempre había alguien que quería aprender de ti.
Me miro en el espejo y a veces no me reconozco. Con ello no quiero decir que no me guste lo que veo, sino que no sé si esto lo que yo había creído que vería en mí. Quizás a veces uno piensa que es de una manera y después se da cuenta de que no es cierto, de que uno es totalmente diferente. Puede ser que cuando te pasan cosas no del todo buenas piensas que ya nada peor te puede pasar y, de repente, te pasa algo peor...o diferente, quién sabe, pero algo que te hace ver otra vez la vida de un color más triste. Cosas que te hacen ver otra vida, porque es esa la descripción más justa que encuentro para describir esa sensación. No es que veas la vida peor, sino que no ves tu vida. Es como si te la hubieran cambiado, porque al final, todas las cosas que pasan son eso, cambios a los que hay que adaptarse casi sin protestar.
Todo el mundo pierde a gente y eso no le hace ni más honorable, ni más admirable, ni siquiera a uno le hace más bueno el simple hecho de haberlo pasado mal en un momento determinado. Yo, por ejemplo, ni siquiera me siento mejor persona, ni una persona diferente. Quiero creer que sin esos cambios, no sería yo. A pesar de haber intentado no cambiar jamás una forma de ser que, no sé si me hace ser diferente, pero si me aleja de lo que cualquiera puede esperar de alguien. De hecho, siendo sincera, no me acompleja lo más mínimo mi forma de ver las cosas, me acomplejaría más reprimir ser así, puesto que sería una auténtica mentira todo lo girara en torno a mí.
Me asomo a esa ventana y me asombro a mí misma buscándote, como si fueras a aparecer sin avisar, como si fueras a sorprenderme mirando...Hay sensaciones tan inexplicables que me cabrea ver como hay gente que se cree capaz de describir. Quizás me cabrea por no sentirme capaz de hacerlo.
Cada vez que pienso en mirar a atrás y me da por escribir, sale de mí esa parte pesimista y derrotada que no soy. Es posible que el hecho de no ser capaz de derramar una lágrima o de dejar de sonreír en los peores momentos, hacen que, a la hora de verdad, muestre una cara de mí misma que no quiero conocer.
Me asomo a mi pasado y, muchas veces, se me quitan las ganas de mirar al futuro. Porque no estarás tú, ni tú, ni siquiera tú...Porque celebraré cosas y no estaréis ninguno de vosotros. Porque puede ser que me case y vuestra ausencia hará que tenga que dividir esa felicidad o actuar. Porque no estaréis en mi primer trabajo (si es que algún día llega) y no podré enseñaros en qué he malgastado mi primer suelo. Porque no me veréis ser una persona mayor o porque no veréis todas las veces que me quedan por caer y en las que me creeré sin fuerzas para levantarme.
Podría intentar escribir algo que no sonara ni triste ni cursi, pero no sé. Y en la universidad he aprendido tan poco, que no creo que a estas alturas me enseñen a hacer algo así. Podría, simplemente, dejar de hacerlo...No sería algo nuevo el plantearme dejar de hacer algo que me da tanta satisfacción. Cuando uno no destaca en nada, debe intentar al menos hacer de la sinceridad algo por lo que destacar. Sentiría no poder llegar nunca a ser como tú, que también te asomaste muchas veces, aunque en poco tiempo, a la misma ventana a ver a la misma mujer. Pero ni tú querías que yo fuera tú, ni yo quiero ser como tú. No porque no te admire, ni mucho menos, sino porque si me hubiera planteado ser como tú, viviría atormentada al verme incapaz. No es cuestión de actitud, más bien es un problema de aptitud. Sólo hay algo que puede que nos haga parecidos: la necesidad de escribir lo que sea, en cualquier momento, para sentirnos mejor con nosotros mismos.
Escribir del pasado debería de estar penado, aunque no me acaba de disgustar el tono dramático que soy capaz de alcanzar cuando lo hago. Se trata de quedarme tranquila durante un rato, así que...Y el hecho de publicarlo...está bien que cualquier pueda leerlo y sentirse mejor o peor, buscar más o menos errores...conocerme un poco tal vez...yo que sé. Aunque no sirva absolutamente para nada, seguiré haciéndolo cada vez que me apetezca. Y soy de las que cumplo las amenazas :)
viernes, 7 de octubre de 2011
Siempre Ángela
Sevilla, 7 de octubre de 2011
Siempre Ángela…
Hay veces en las que las cosas no salen como uno se imagina. Momentos en los que imaginas un futuro perfecto y que, al final, se llena sin querer de imperfecciones. Las personas, supongo, acaban por acostumbrarse a esos sentimientos cruzados; no es que la vida te decepcione, simplemente, te da lecciones. Lecciones como que hay palabras que, pase lo que pase, merece la pena decir. Lecciones como que hay sentimientos que jamás deberían de esconderse y que hay personas que, a pesar de haberse ido, jamás dejan de existir.
Me hubiera encantado conocerte en otra situación, en otro contexto, en otra vida. Me hubiera gustado ver tu sonrisa el primer día que te vi, sin embargo, ni tú ni yo sonreíamos. Ni tú ni yo estábamos para reírnos pero lo hicimos. Hubiera preferido conocerte en otra vida, es cierto, pero creo que si la vida hizo que te conociera en ese momento, es porque tendría que pasar y pasó.
De no haber sido por Ángela, no te hubiera conocido. Si no hubiera por sido por Ángela, quizás ni nos hubiéramos querido conocer. Si Ángela aún no siguiera aquí tan presente como sigue, quizás nada de esto tendría sentido. Siempre Ángela, aunque a veces duela, pero siempre ella va a ser la base de amistades como la nuestra, y eso me enorgullece, no me entristece.
He aprendido que cada persona ocupa un lugar que después nadie tiene por qué llenar. Aunque uno se pueda acercar, nunca podrá ocupar el mismo. Nunca busqué en ti a Ángela y nunca pensé en ocupar el lugar que ella ocupara en tu vida. Tú eres otra Ángela y yo soy otra persona que no tenía nada que ver, ni con la una, ni con la otra, pero que tiene lugar para ambas en su vida. Estoy orgullosa de ello, de que el dolor no me haya hecho buscar en ti lo que se nos fue ese día, porque entonces no podría llamarte amiga, puesto que sólo serías el recuerdo de quien yo quisiera que fueras.
A pesar de ser muy diferentes, hemos conseguido ser amigas. De hecho, te considero una persona muy importante en mi vida, aunque no lo demuestre tanto como tú lo demuestras. Sé que no soy del todo cercana y que a veces soy extremadamente sincera, pero no sólo soy sincera para las cosas malas. Sabes que te quiero, que a pesar de no llevar demasiado tiempo compartiendo momentos, hay situaciones que han hecho que estemos más unidas. Es normal unirse a personas que pueden experimentar los mismos sentimientos que tú, aunque sea algo tan horrible como compartir una pena, una tristeza…Quiero pensar que empezamos compartiendo una amiga y al final ella nos hizo que compartiéramos su marcha. Compartimos un ‘ángel’, aunque haya gente que no lo entienda o no lo quiera entender.
Lo que si tengo claro, es que quiero que sigas formando parte de mi vida, aunque nos enfademos y nos decepcionemos. Aunque a veces piense que te has vuelto loca y tú sepas que lo pienso. Aunque odie como me llamas y tú cada vez utilices diminutivos peores aún.
Que estaré aquí para lo bueno y para lo malo, para los locos y para los no tan locos. En fin, que cuentas conmigo, no te lo voy a decir más porque te doy la mano y me acabas cogiendo el brazo.
Te quiero,
Roble
martes, 13 de septiembre de 2011
Problemas de geografía personal (García Montero)
Nunca sé despedirme de ti, siempre me quedo
con el frío de alguna palabra que no he dicho,
con un malentendido que temer,
ese hueco de torpe inexistencia
que a veces, gota a gota, se convierte
en desesperación.
Nunca se despedirme de ti, porque no soy
el viajero que cruza por la gente,
el que va de aeropuerto en aeropuerto
o el que mira los coches, en dirección contraria,
corriendo a la ciudad
en la que acabas de quedarte.
Nunca sé despedirme, porque soy
un ciego que tantea por el túnel
de tu mano y tus labios cuando dicen adiós,
un ciego que tropieza con los malentendidos
y con esas palabras
que no saben pronunciar.
Extrañado de amor,
nunca puedo alejarme de todo lo que eres.
En un hueco de torpe inexistencia,
me voy de mí
camino a la nada.
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